Natillas

La vida de un gordo consiste en buscar atajos. Me encantaría comerme unas natillas espesas de esas que se te enganchan a la garganta, con su galleta, como Dios manda. Pero no es posible. Así que he conseguido hacer un sucedáneo de natillas que, en el desierto de mi dieta, suponen un cierto oasis.

Se vierte un litro de leche en una cazuela y se pone al fuego. Se agrega la piel de un limón, una rama de canela y un trocito de vainilla. Se lleva a ebullición. Aparte se mezclan dos yemas con unos 200 ml. de leche. Obviamente la leche que estamos utilizando es desnatada. Agregamos una cucharada y media de edulcorante líquido a las yemas y la leche para, posteriormente, mezclarlo todo. Retiramos la rama de canela, la vainilla y la piel de limón y mantenemos la mezcla al borde de la ebullición removiendo constantemente. Aparte remojamos tres hojas de gelatina en agua que, una vez ablandadas agregamos a la cazuela. Removemos unos segundos, retiramos del fuego y servimos en recipientes individuales. Dejamos enfriar y las consumimos al día siguiente. La textura (tal y como se ve en la foto) se asemeja a la de unas natillas ligeras y el sabor es más que aceptable aunque la clave está en no habernos ni pasado ni quedado cortos de edulcorante.

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