StreetXo

He ido al StreetXo y he salido con una crisis de identidad. Era la segunda vez que iba al Espacio Gourmet de El Corte Inglés de Callao e, ignorante de mí, en la primera me había tomado una pizza pues no sabía que el local del chunda chunda a todo volumen era de un genio llamado David Muñoz al que semanas después le darían tres estrellas Michelín por su restaurante serio, el Diverxo. Pero como para ir al Diverxo hay que ahorrar me dejé engañar por el post que Mikel Iturriaga le dedicó en “El Comidista” y allí me planté dispuesto a disfrutar una experiencia única.

Eran las dos de la tarde y la barra estaba llena. Entre los presentes Sergi Arola con esa modernidad que me supera, un grupo de tres gorditos, what´s up!, una señora mexicana de pasta con un marido esmirriado y un grupo de gente sin rostro. Busco y encuentro una mesa junto a la ventana con vistas al Palacio Real donde celebrar mi festín y me pongo a la cola para pedir. Como el camarero (perdón por llamar camarero a quien evidentemente no lo es y responde al nombre de Rafa Ferreyra) no me hace ni puto caso me da tiempo a estudiarme la carta concienzudamente para decidir qué me pido. Me siento un ser invisible. ¿Hola? ¡Estoy aquí! Oirme ya sé que no me oyes porque con la música a toda pastilla no se escucha nada pero… verme, ¿me ves? Veinte minutos de reloj después me pregunta qué voy a querer. Pues lo primero que quisiera es que se me pasase la mala hostia que se me ha puesto así que voy a hacer caso al comidista y me voy a pedir el tuétano con cocochas que al parecer está de muerte. Pero como me da que con eso no como también me pido el ramen agripicante y la caballa yuzu-miso. Para beber birraaaaa. Me dice que tardarán otros veinte minutos. Paciencia. Me voy a mi mesa a esperar pero cuando han pasados quince mintutos vuelvo no sea que me llamen antes de tiempo. Oh, sorpresa, cuando llego el tuétano y la caballa me están esperando. Corro con las bandejas hasta la mesa pero ya no hay nada que hacer. La cococha está helada y echada a perder (el tuétano también).

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Me cago en mi puta calavera. Sigo con la caballa y el ramen (también templadillo más que caliente), pero no salgo de mi decepción. El ramen viene con una salsa que está buena pero que si te quieres comer tendrás que meter la lengua directamente porque en un sitio donde no hay  platos, ni cubiertos, ni vasos estarías loco si pensaras que vas a encontrar un mendrugo de pan. Treinta y cinco euracos tirados a la basura. Puede que en parte haya sido culpa mía pues, evidentemente, en este sitio hay que comer en la barra pero eso no quita para que me parezca que funcionan fatal (al menos un lunes a las dos de la tarde) y que lo que yo me comí no valía nada.

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