El abuelo Víctor

Sí, he tenido muchos amores… platónicos. Creo que la primera vez que me enamore platónicamente tenía ocho años. Lo hice de una chica que pasaba cada mañana por delante de la parada del autobús del colegio. Nunca supe su nombre y, cuarenta años después, su rostro no es más que una imagen desenfocada. También me enamoré de Susana, de Mariví, de Blanca. A estas dos últimas puedo incluso ponerles apellidos y, en el caso de Blanca, sé que sacó una plaza de maestra en un colegio de Burgos. Quizás sus alumnos la amen como yo lo hice. Silenciosamente.

Luego siguieron otras muchas: Delia, Marta, Ana, Hertha, Susana (otra), Mónica, Lorena, Silvia, Helena… Todas ellas han ocupado horas y horas de mi pensamiento. Fueron amores construídos sobre la nada.

Y luego están las distintas celebridades, mujeres que llenaban paginas de periódicos y revistas con las que también fantaseé: Ana Belén. A día de hoy Ana Belén tiene sesenta y ocho años, y sigue casada con Victor Manuel, que tiene setenta y dos. Cada uno de sus cassettes venía ca costar unas quinientas pesetas. A través de sus canciones supe que tuvieron un hijo llamado David y, más tarde, una hija llamada Marina.

Yo amaba a Ana Belén como quien ama a una virgen. Me imaginaba a su lado, observándola. Como en casi todos los amores platónicos aquel no era un deseo físico. Si tenía que masturbarme elegía a otra. El nuestro era un problema de tiempo y de espacio. Yo era demasiado joven para ella y ni ella sabía donde vivía yo ni yo donde vivía ella. Victor Manuel dedicó una canción al Parque de Berlín así que supuse que no lo harían lejos de allí.

Hace unos días fui a comprar yogures al Lidl. Lidl fabrica unos yogures griegos ligeros y unos yogures naturales con  etiqueta «Bio» que justifican la existencia misma del supermercado. No eran ni siquiera las diez de la mañana y entré a comprar yogures en el Lidl que está en el barrio de Prosperidad. No había demasiada gente. Me dirigí a la zona de los refrigerados y empecé a depositar yogures en mi cesta de la compra. Casi cuando hube terminado noté como otra persona se abalanzaba sobre la estantería y comenzaba a acaparar unidades de un lácteo llamado skyr. El skyr tiene la consistencia del yogur griego y es un producto procedente de Islandia. Lo he probado en alguna ocasión pero no termina de convencerme. Para mí es muy parecido al queso batido.

De repente me fijé en el rostro del comprador de skyr. Llevaba una cazadora negra. Tenía el pelo cano. Era Victor Manuel. Uno, dos, tres, cuatro… hasta llenar su cesta de vasitos de skyr. Cuando terminó agachó la cabeza y apretó el paso en dirección a las cajas. Caminaba ligeramente encorvado y se notaba que no se encontraba cómodo. Pagó y se fue. El cajero le reconoció y comenzó a tararear «Santa Lucía» de Miguel Ríos. «Era el novio de Ana Belén» comentó otra de las chicas que atendían en las cajas.

 

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